miércoles, 5 de agosto de 2009

REPORTAJE "EL ALMA QUE CUELGA DEL ACORDEÓN", POR JOSUÉ GARCÍA DEHESA

Aquellos pies descalzos, sufridos hasta límites insospechados, se encuentran a la espera de empezar un día de trabajo más. La mirada se detiene ante alguien pero sin mirarlo. Las pequeñas manos sostienen un recipiente de plástico con papelitos de colores que podrían significar varias monedas a lo largo de la jornada. Caminan hacia el final del andén apresurando el paso para llegar antes de que les ganen su turno. El gran “gusano naranja” hace su aparición en la estación “San Antonio Abad” de la línea 2 del metro, que corre de Tasqueña hacia Cuatro Caminos. Elías, un chico de 14 años, aborda junto con sus dos hermanos, Esmeralda de 8 y Agustín, de 3 años de edad.
Son parte de un grupo de niños y jóvenes que a diario recorren las estaciones del metro con un acordeón que les genera ingresos para poder comer, vestirse y dormir “tranquilos”, los llamados “niños acordeoneros”.
Cada uno sabe perfectamente cuál es su función; mientras Elías toca con su acordeón desgastado y desafinado, Esmeralda recorre el vagón de la mano de Agustín, dejando papelitos sobre las piernas de los pasajeros que van sentados; éstos rezan así: “Disculpe las molestias, venimos tocando una canción para poder comernos un taco. Gracias”. Al llegar al final del vagón, Esmeralda regresa sobre sus pasos para recoger las monedas que algunos deciden regalarles, otros cuantos regresan el papelito con una sonrisa y otros, los más, ni siquiera hicieron el intento de leerlos.
“Pues damos un montón de vueltas (vuelta le llaman al recorrido ida y regreso de la estación San Antonio Abad a General Anaya), nunca las cuento”, relata Elías, al tiempo que voltea nervioso de un lado a otro para verificar que nadie se dé cuenta de que está hablando conmigo.
La línea 2 del metro, es una de las más concurridas de la ciudad. El año pasado registró una afluencia de 779 mil 475 pasajeros diarios en promedio, según la Coordinación de Desarrollo Tecnológico del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro. Cuenta con 24 estaciones: Tasqueña, General Anaya, Ermita, Portales, Nativitas, Villa de Cortés, Xola, Viaducto, Chabacano, San Antonio Abad, Pino Suárez, Zócalo, Allende, Bellas Artes, Hidalgo, Revolución, San Cosme, Normal, Colegio Militar, Popotla, Cuitláhuac, Tacuba, Panteones y Cuatro Caminos, así que los “clientes” potenciales que existen día con día son muchos y las posibilidades prácticamente ilimitadas.
“No nos dejan recorrer todas las estaciones, porque los policías se ponen bien duros de Pino Suárez para allá y luego no nos quieren soltar”, nos cuenta Elías, quien luce temeroso por los datos revelados, ante la mirada inquisitiva de sus hermanas.
La realidad para un niño que vive del acordeón no es sencilla, sino todo lo contrario. Elías y sus hermanas viven en la colonia Arenal, de la delegación Venustiano Carranza, en una vecindad donde habitan, aproximadamente, otra veintena de infantes y algunos “familiares”.
“Nos levantan bien temprano”, es lo primero que escucho decir a Esmeralda, al tiempo en que pregunté a qué hora empezaban su día. Después de algunos “acuerdos”, Elías parece estar un poco más tranquilo, y responde con más soltura a las preguntas. “Pues regularmente nos paran a los grandes a las 6:30 de la mañana, para que ayudemos con el quehacer de la casa; doblamos nuestras cobijas (duermen en el suelo), lavamos el patio, los baños, y cuando levantan a los más chicos trapeamos. Después unos hacemos los mandados como ir al mercado o cosas así, y otros lavan ropa y ayudan a bañar a los más chiquitos”
Pregunto en ese momento si puedo acompañarlos en su día y Elías accede no sin cierto recato, “No mas que no lo vean, porque si no…”

BOCA CERRADA

El jefe de la estación Chabacano accede a darnos una entrevista, pero al mencionarle de qué se trata a pregunta expresa de él, se retracta.”Qué te parece si regresas la próxima semana, es que no tengo muchos datos acerca de ese tema y necesito consultarlo”. No pudimos obtener su nombre, en la oficina sólo había una persona más y nadie de los trabajadores de la estación parece saberlo.
Elías y sus hermanos llevan recorridos 6 vagones, en la próxima estación bajarán para cambiar de dirección. Únicamente han podido recabar 12 pesos. “Esto está bien flojo” nos dice con una voz apenas perceptible. “Para que no lo regañen tiene usted que llevar mínimo unos 150 ó 200 pesos, porque sino a uno le toca la chinga, por eso nos apuramos y tratamos que no nos ganen los demás”
“Yo llego y entrego lo que ganamos, no nos podemos quedar con nada porque si se llegan a dar cuenta… una vez mi primo Toño se quedó con 20 varos y que se los encuentran, y no, pos lo corrieron pero antes se lo chingaron con un cinturón hasta que quedó bien marcado”. No puedo evitar preguntarle: ¿nunca has pensado irte? La respuesta fue inmediata y lacónica: “No, ¿para qué?…”
“La gente que los explota, les está dando una oportunidad de subsistir”, nos cuenta la socióloga Viridiana Domínguez, egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana. “Los niños no se dan cuenta de que están siendo explotados a primera instancia, ellos no necesitan crecer sino sobrevivir; en estos casos no importa quién o quienes los estén explotando, pues el factor primario para los niños es la familia. Ellos se conciben en un mundo gigantesco en donde la oportunidad de existir se encuentra fuera de sus tradiciones o costumbres comunes y así lo asimilan”, remata.
“Tenemos que haber terminado nuestros quehaceres en la casa a más tardar a las 10:00 de la mañana, para meternos a bañar y venirnos a trabajar”, cuenta Elías. La primera ocasión que tuve contacto con ellos fue aproximadamente a las 11:30 de la mañana, es decir, hora y media después de que debieron terminar sus labores en la casa.
Si tomamos en cuenta que el recorrido de la colonia Arenal a la estación del metro Chabacano se lleva como mínimo 40 minutos, sabremos entonces que salen de “su casa” cerca de las 10:50 a 11:00 de la mañana.
El señor José Luis López es miembro del cuerpo de seguridad interna del STC, su función es vigilar los pasillos de los andenes y accesos del Metro. Hace ya más de 15 años que cumple su función en diferentes estaciones de la red, pero particularmente en la estación Pantitlán, en la línea 9, por donde a diario ve pasar una caravana muy singular. “Son varios niños y niñas, cómo 15 o 20. Todos van acompañados de los más grandecitos que son los que cargan el acordeón. Algunas veces, hay un cuate que los acompaña pero los deja en la entrada de las escaleras. De ahí los chavitos jalan para varios lugares. Hay unos que se meten aquí (línea 9), otros se van para el pasillo de la línea 1 y los otros se van a la 5; te lo digo porque yo, como vivo cerca y los jefes te asignan a la estación más cercana a tu domicilio, pues estoy en las 3 líneas. También me mandan a la línea A, pero la verdad ahí nunca los he visto. Al final del día se reúnen todos cerca de las 10 de la noche en Pantitlán, en los pasillos que llevan a los colectivos de la línea 1; los que llevan el acordeón van todos cansados de regreso, pero los más chavitos, al cabo niños, van juegue y juegue”.
“A nosotros no nos cobra nadie, porque viene el patrón y él es el que arregla las cosas”, relata Elías en el momento en que esperamos otro convoy. “Así, así, no te puedo decir quién es el patrón, pero sí es mi familiar”. ¿Es tu papá? “Bueno fuera (risas), no andaría él también trabajando, no más se quedaría en la casa esperando el dinero. La verdad, el señor que aquí (en la casa) nos aloja se llama Vicente, pero tenemos prohibido hablar de él; es pariente de mi papá, pero no sé qué más. Él es el que afloja el dinero para que nos dejen trabajar”
“Yo nada más sé cómo le dicen al chavo que le pagan, creo que el bizco, él es el que para las broncas cuando a alguien lo agarra la policía”
Según una investigación de Noticieros Televisa, difundida en el portal esmas.com, Javier Ramírez Becerril, alias “El Bizco”, controla más de 400 ambulantes en la línea 2 del Metro.
“Mi papá y mi mamá trabajan también, ellos andan en otra línea también pidiendo dinero; lo que pasa es que hay que pagar la comida que nos dan y la casa, pero pues les das todo el dinero a las gentes de la casa (sic). También mis papás les dan todo el dinero, porque dicen que nos está haciendo un favor, que estamos mejor aquí, que tenemos que comer. Nosotros vivíamos en El Limón, allá en Guerrero, así se llama mi pueblo”. Según el portal oficial del gobierno del Estado de Guerrero, la localidad de El Limón (El Limón del Mameyal) está situado en el Municipio de Petatlán, en la sierra del Estado. Tiene aproximadamente 268 habitantes.
Elías sabe el valor de la información. Habla con sus hermanas en su lengua natal cuando yo pregunto algo que pareciera les incomoda, pero cuando yo quiero indagar acerca de lo que dijeron, se ruboriza y sólo contesta: “nada”.
“Es difícil que alguno de los niños vean con orgullo su lengua o dialecto, pues tienen que aprender el idioma castellano para poder comunicarse aquí; por ende, sus características de comunicación sufren una metamorfosis en la cual su lengua ya no tiene cabida”, nos comenta Viridiana Domínguez. “Tienen que adoptar una identidad que ya no es suya; cambian su manera de vestir, de hablar, incluso de pensar, pues sus prioridades al llegar aquí cambiaron radicalmente”.
Cerca de las 6 de la tarde nos despedimos de Elías y sus hermanas, pues algunos vendedores se han empezado a dar cuenta que los vamos siguiendo. “Gracias”, nos dicen los niños al despedirnos. Ellos se pierden entre la muchedumbre que en ese momento se encuentra en el metro Chabacano, caminan en busca de unas monedas que puedan comprarles cierta paz…

MANOS ATADAS

Acudimos a la Unidad de Orientación e información del Sistema de Transporte Colectivo Metro, ubicada en Av. Balderas no. 55 segundo piso, en la colonia Centro, donde nos atiende amablemente el Sr. Ismael Trejo, quien es asistente del lic. Samuel Ayala, gerente del departamento. “En realidad es muy difícil llevar un censo como tal, pues hay algunos sujetos que se encargan de vigilar a estas personas y tienen plenamente identificado al personal en este caso del Metro. Entonces es prácticamente imposible acercarnos a ellos. Sabemos que existe este fenómeno, negarlo sería tanto como querer tapar el sol con un dedo. Lo peor es que nosotros estamos atados de manos, pues mientras no exista una denuncia ni nosotros ni la policía puede intervenir”.
“Sabemos que provienen de ciertas estaciones, pero saliendo de nuestras instalaciones ya no es competencia nuestra, nosotros no podemos actuar como te mencionaba si no existe una denuncia previa”
“Me parece que debe investigarse a fondo este tema, nosotros sabemos que existe, pero lo único que podemos hacer es retirarlos de los vagones y los andenes, pero también sabemos que regresarán al día siguiente y tal vez accedan por otra estación o encuentren la manera de burlar la vigilancia, ya sea entrando individualmente y escondiendo los acordeones, que es como regularmente lo hacen. Para nosotros también representa una problemática pues muchas quejas de los usuarios están derivadas del ambulantaje y este tipo de actividades”.
En punto de las 9:30 de la noche nos encontramos en la salida “S”, de la línea 1 de la estación Pantitlán. Estamos a la espera de que lleguen algunos “niños acordeoneros”, pero en realidad en estos momentos no hay rastro de ellos. Un hombre, al pie del estribo de un autobús, anuncia a los cuatro vientos el recorrido que el transporte ha de llevar en cuanto todos sus asientos sean ocupados, e invita a los transeúntes a abordar. “Súbale, Arenal tercera y cuarta por la López, lleva lugares, súbale…”
Quince minutos después, cuando estábamos a punto de preguntar al “checador” si éste era el camino que tomaban aquellos a quienes esperábamos, una “plática” entre el encargado de dar la salida a los autobuses y un chofer nos contesta: “setenta y siete, te vas a rayar cabrón, ya van a dar las diez y van a llegar todos tus chavos güey…” “¿Quiénes? ¿los changuitos acordeoneros…?”
Preferimos aguardar a cierta distancia, habíamos acordado previamente con un amigo que seguiríamos al transporte que llevaría a su destino a los niños en un automóvil particular, para no levantar sospechas si es que en realidad nos habían identificado durante el día como los acompañantes de Elías, Esmeralda y Agustín.
Cerca de 20 minutos después, empezaron a salir como en avanzada aproximadamente treinta niños, todos con el mismo perfil: aquellos que cargaban el acordeón vestían, cual si fuera uniforme, playeras estampadas de color negro, pantalón de mezclilla y tenis o zapatos. Los más pequeños no se quedaban atrás, aunque vestían de diferentes colores, el cabello suelto en las niñas, las ropas desgarradas y los zapatos rotos eran una constante.
El camino sinuoso que tomó aquel autobús nos llevó por barrios colindantes con Ciudad Nezahualcóyotl, oscuros paisajes que sólo denotaban sombras. Después de 15 minutos por accidentadas calles, aquel camión hizo la parada más larga hasta ese momento. Todos y cada uno de los “niños acordeoneros” bajaban por las escalinatas del transporte, cruzaban la calle e iban entrando en una vecindad donde los esperaba, tal vez por la negrura de la noche, un oscuro personaje…
Al día siguiente esperamos afuera de la vecindad desde las 8 de la mañana, no se veía mayor movimiento sino sólo se alcanzaban a percibir ciertas voces, nada que no ocurra en cualquier domicilio. A las 8:30 salió un joven de aproximadamente 18 años, pero no quiso atendernos ni darnos ningún dato.
Después de que esperamos cerca de 10 minutos aquel joven regresó, y casi inmediatamente después salieron a buscarnos 4 personas adultas. Nosotros nos encontrábamos del otro lado de la calle, fuera de la vista de aquellos personajes.

NUEVA BÚSQUEDA

Aquel día regresamos hasta el metro Chabacano para encontrarnos tal vez con nuevos personajes. La espera se prolongó más de lo esperado. El primer grupo de “niños acordeoneros” llegaron cerca de la 1:00 de la tarde, pero no llegaron solos: un hombre de aproximadamente 40 años los esperaba y decidimos no acercarnos.
Resolvimos que lo mejor era trasladarnos hasta aquella vecindad y esperar a ver si lográbamos descubrir algo. Una sorpresa mayúscula nos asaltó cuando vimos a lo lejos a Esmeralda salir de la casa con dos personas adultas. La llevaban tomada de la mano y la niña parecía feliz; una vez más decidimos esperar.
“Generan vínculos fuertes por cuestiones de supervivencia, es decir, suplir las necesidades básicas de la vida: comida, calzado, vestido, etc., pero si la relación con sus padres es buena, pueden crear lazos vinculares sólidos y lograr una identificación y apego a sus figuras parentales”, nos menciona Xilonen Luna Serrano, psicóloga social del Hospital Psiquiátrico Infantil Juan N. Navarro.
“La vida de sus padres, es la misma vida de ellos, aunque viven abuso, violencia, hambre, condiciones inhumanas, etc., esto es parte de su cotidianidad, en este sentido, no sufren, son capaces de reír y ser felices. Los vínculos y los lazos de afecto que les puedan permitir transitar por la vida, dependerán de su fortaleza yoica (saber quiénes somos y cómo encajamos con el resto) y de la posibilidad de vincularse con el otro (grupo, padres, pares)”.
Preguntamos expresamente si guardarán algún rencor en contra de sus empleadores o incluso en contra de la sociedad. “Resentimiento, como tal, es difícil decirlo, pero creo que si estos niños llegan (si bien les va) a la edad adulta, aprenderán que someter a los débiles es la única manera de salir adelante o de sobrevivir, esto será parte normal de su vida porque así lo han aprendido”.
¿Encontrarán oportunidades fuera de este círculo si deciden no ser parte de él?
“Si el niño tiene una estructura yoica fuerte, evidentemente tendrá y podrá acceder a diversos mecanismos de defensa, represión, sublimación, proyección, etc., y eso facilitará su tránsito por la vida a pesar de su historia, su capacidad de hablar (no sólo con la palabra), en esas diversidades de lenguaje que posee el ser humano le brindará la posibilidad de ser a pesar de su historia, recuerda que Historia no es igual a destino. Si su estructura no es tan fuerte, sí encontramos un riesgo social, porque no se instaura la culpa en sus actos y, finalmente, serán sujetos resentidos , con su historia, con sus padres y por lo tanto con la sociedad”.
“Sí pueden encontrar oportunidades fuera de este círculo, pero es muy difícil, la sociedad misma no los mira, estos niños aprenden y se viven excluidos. Si logran salir de su contexto social, en el mejor de los casos serían acogidos por un familiar que les brinde un soporte emocional, afectivo y de seguridad (muy pocas veces ocurre esto), otra es que la familia entera salga y regrese a su lugares de origen (se reestructurarían nuevamente las funciones familiares, pero dejarían huellas imborrables en la historia de cada uno de estos sujetos)
Y al estar de nuevo en comunidades rurales ( que generalmente son de sierra o poblados lejanos), no existiría el soporte profesional para brindar ayuda a estas familias, a eso me refiero con imborrables. Si salen para ir a alguna institución OG u ONG (Organización Gubernamental o No Gubernamental), dependerá de cada institución y del soporte que esta realice a cada sujeto”.
“La mayoría no logran salir y si lo hacen es porque su pulsión de vida es tan fuerte que prefieren refugiarse en la calle a seguir sufriendo una serie de maltratos, abusos y golpes, cada sujeto responde a situaciones cotidianas de diversas maneras y siempre existe la posibilidad de hacer algo distinto ...Yo apuesto a eso, si uno de estos cuarenta niños lo logra, creo que si vale la pena afirmar que efectivamente, se puede salir de esa situación”.
Una semana después encontramos a Elías con sus hermanos, pero nos pidió que no lo molestáramos más, porque podríamos ocasionarle problemas. Fue la última vez que los vimos…

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